Los Santos son la obra maestra de un Dios que Provee


Hoy hace un año que mi padre nos dejó un poco más solos, un mucho más huérfanos.

Tras unos meses que a él se le hicieron largos y a mí cortos, pudo ir a descansar. Y ahora su descanso se nos hace largo a los demás.

Se fue con mucho hecho pero se dejó aquí mucho por hacer. La muerte de un ser querido te destroza el corazón, la muerte de un ser necesario te destroza el cerebro porque te enfrenta a la (i)lógica de la muerte (que -me repito a mí mismo- es la lógica de la vida).

Mi padre estuvo más allá que acá justo antes de Navidad. Las oraciones que mi madre pidió (y consiguió) hizo que San Pedro lo retornara del lugar donde quería ir. Nunca olvidaré la alegría de verlo despierto después de una semana con mil máquinas en la UCI, justo antes de Navidad.

Resucitó. Fue un milagro, de los que suben al altar al invocado. El día antes se le había parado hasta el aparato digestivo (todo lo demás funcionaba con máquinas). El Señor nos regaló unas semanas más, que nos permitieron despedirnos un poco mejor, y aprender un mucho más.

Gracias a que sufrió (resignadamente, pero sufrió) las últimas semanas mi duelo inmediato no fue tan doloroso. El cariño de todos, las misas de funeral, los amigos y conocidos que vinieron a acompañar reconforta. Sabíamos que subía al Cielo sin escalas en ningún lado y sobre todo sabíamos que merecía descansar.

Pero a medida que pasaban los días, cada vez me sorprendía a mi mismo preguntándole si “¿no havia descansat ya prou?”. El recuerdo duele en cada momento que crees que está ahí o que crees que debiera estar ahí.

Tuve la suerte de que me dejaran hacer el discurso de agradecimiento en el Ayuntamiento cuando lo nombraron hijo adoptivo de Gandia. Y eso me permitió pasar mi duelo particular sin tanto dolor. Y pude contemplarlo (a él) desde una perspectiva externa que brotaba mientras escribía.

El discurso íntegro está al final del acta oficial del ayuntamiento que está accesible.

El discurso tiene sus carencias y falencias. Decidimos que todo lo que había dicho el instructor del ayuntamiento ya estaba dicho (que por cierto hizo un gran trabajo) y no podía ser eternamente largo. Fui pasando borradores y el escrito mejoró mucho con la ayuda de todos.

Lo que nunca se escribió ni se dijo fue el título que lo inspiraba: “Los Santos son la Obra Maestra de un Dios que Provee”.

El título no hubiera tenido mucho sentido en un acto civil. Y además no lo hubiera entendido nadie.

La frase no es enteramente mía. Es una frase que completa una de Benedicto XVI: “Los Santos son la obra maestra de Dios Padre

Suena presuntuoso completar a BXVI y desde luego mi padre no me hubiera dejado, pero desafortunadamente no está aquí para decirmelo.

Para que Dios actúe en nosotros hemos de dejarle hacer. La frase igual me cuesta una “reprimenda” de algún lector del blog, pero un año después estoy más convencido aún.

Ahora sólo falta que la ponga en práctica.

 

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